Días de luz.

Hay días en que me dan ganas de volverme a la cama nada más despertar, de volver a meterme calentita y en silencio bajo el nórdico y no salir nunca más.

Y hay días que lo hago. Porque me faltan ganas. Porque llueve y hace un frío fuera que para qué. Porque aun es casi de noche y peque ya se ha ido a la guarde con su papá. Así que aprovechemos que nadie me necesita.

Ufff, odio esos días.

Porque cuando vuelvo a despertar sigo con las mismas pocas ganas, y aunque ha salido el sol, sigue lloviendo y estoy casi más cansada que antes.

Y acaba siendo un día casi perdido porque no hago nada realmente. Y me puede el sueño y la pereza y el sofá.

Pero al día siguiente despierto y entra luz por alguna rendija. Señal de que hace sol y ya no llueve.

Y el cargador de mi batería interna esta mañana está de color verde. Así que salgo a conquistar el universo, porque hoy puedo, hoy puedo con todo. Camino al sol por mi lugar preferido y el aire y el movimiento despiertan cuerpo y mente. 



Y de pronto no me llegan las horas del día para todo lo que quiero hacer, decir, leer, fotografiar... el mundo está lleno de maravillas y quiero verlas, hacerlas y saborearlas todas!

Un café al sol se convierte en un gran regalo, una sonrisa de Mateo es casi igual de brillante que ese sol y cualquier plan me parece apasionante.

Estos días son maravillosos: son días de luz.

Afortunadamente son los más habituales. 

Los otros, una anomalía que no dura demasiado...pero intensa y oscura...hormonal e invernal a partes iguales.

Aún me sorprende la capacidad del cerebro y sus glándulas para estropearme el día...

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