Tengo una misión.

Ser madre te cambia irremediablemente. No a ti misma como persona, pero cambia tus hábitos, aprendes muchas cosas solo por el hecho de ver la vida desde una perspectiva diferente, aprendes sobre el aprendizaje humano y sobre ti misma. Es una clase acelerada sobre ti misma y el mundo que te rodea. 

Tener a Mateo me ha hecho replantearme mil cosas, simplemente porque antes nunca había pensado en ellas. Cómo educarlo y lo que eso significa es una de ellas. 

Y es una de las cosas más difíciles que he hecho y haré en mi vida. 

Cuando supe que aquella cosita que parecía que aleteaba dentro de mi barriga era un niño, me sentí feliz. Siempre quise tener un niño, no me pregunteis por qué. Y a pesar de todas las dudas que tuve siempre sobre lo de ser mamá, él llegó y fue perfecto. Hemos tenido nuestras épocas complicadas (yo demasiado ausente por trabajo y él sin saber cómo demostrarme lo mucho que me necesitaba) pero ahora que empieza a ser personita y a hablar y ser social, es lo mejor del mundo. 

Cuando me quedé embarazada pensaba que, si algo quería, era traer al mundo a una persona buena. Y en estos tres años me he dado cuenta de que es mi mayor misión: poner en el mundo a un ser humano que valga la pena, que sea bueno y que respete a los demás y al planeta que habita. Mateo es mi mayor aportación al mundo: por mucho que me empeñe en reciclar, en ser buena persona, en hacer el bien, Mateo será mi legado, y con ello el tipo de persona en la que se convierta. Cierto es que hay cosas inherentes a él que yo jamás podré controlar, pero mi obligación es intentar hacer de él una buena persona.

Porque va a convivir con otros seres. Él forma parte de una generación, como yo formo parte de la mía. Él y su generación serán los que gobiernen el mundo mañana, los que lo vivan, lo disfruten y lo cuiden. Los que hagan las leyes, los que nos lleven hacia adelante, los que enseñen a los niños del futuro, los que salven vidas... por eso es tan importante nuestro papel.

También en el tema de las relaciones entre sexos. Porque la discriminación se aprende de pequeño. Nadie nace racista, ni sexista. Eso se aprende. Y estos días lo he pensado más que nunca. Por razones obvias. Tenemos una sentencia judicial que nos ha abofeteado como mujeres y que además ha sido todo un jarro de agua fría sobre el calentón y el movimiento mundial que supuso este pasado 8 de marzo. 

Pero es que además es ofensiva por injusta y desalmada. 

Pero no voy a centrarme en ella. Quiero centrarme en lo que ha provocado que hubiera que dictar sentencia. En "La Manada". En esa jauría de machos en celo perpetuo que no saben lo que es respetar nada. Que no son cinco, no. En realidad son multitud, y están amparados por la costumbre.

Porque, ¿qué mujer en algún momento de su vida no ha vivido una situación humillante solo por el hecho de serlo?. ¿O no ha caminado sola y muerta de miedo por la calle? Probablemente ninguna. Y seguramente ni siquiera lo han contado. Y me incluyo. Aunque sean tonterías de adolescentes o simples acercamientos...pero los ha habido. En los que nos hemos sentido asqueadas y humilladas. Porque algún tío en ese momento pensó que era lo más normal del mundo, porque es lo típico, porque nadie le ha enseñado que es una falta de respeto. Que NO TIENEN DERECHO.

Porque desde siempre en su universo, la mujer ha sido menos. Y no por adoctrinamiento. Simplemente por costumbre. Porque hay tópicos que se repiten y repiten hasta la saciedad. Y los niños lo oyen y lo absorben todo. 
Porque hoy en día sigo viendo a mujeres que lo hacen todo en casa, todo, trabajo, niños y comidas, como nuestras abuelas. 
Porque hay hombres que siguen pensando que eso es lo normal. 
Porque sigue habiendo fanfarronadas machistas entre amigotes con los niños delante. 
Porque se sigue diciendo que los niños no pueden llorar ni vestirse de rosa; porque a un niño no se le pide un besito, se le chocan las cinco...

Estoy harta. Mi misión está clara. Porque los niños son moldeables. Nacen si prejuicios sólo son víctimas de los que les inducimos nosotros. Porque a Mateo le gusta el rosa con purpurina, y al primero que le diga que eso es de niñas se las va a ver con su madre. Porque juega con muñecas y a arropar a sus bebés, y ojalá nunca deje de hacerlo. Porque quiero que tenga claro que mamá y papá son iguales, y que los dos hacemos todo en casa. Porque por el momento tiene tantas amigas como amigos y juegan juntos sin problemas. Y ojalá siga siendo así.

Porque la igualdad tiene que ser parte de la educación de los adultos del futuro si queremos que algo cambie. Si queremos que se respete a las mujeres que serán las niñas de hoy en día. Si queremos que dejen de dictarse sentencias por violación y por violencia de género. Si queremos que las niñas de hoy caminen por el mundo solas y tranquilas y no como lo hemos hecho nosotras siempre. 

Lo sé, podéis llamarme ingenua. No lo soy, en cambio. Sé que esto no es cosa de una generación, que en 20 años probablemente siga habiendo machistas de ambos sexos y gente sin escrúpulos como ha habido siempre. Pero voy a empeñarme en que mi hijo no sea uno de ellos y contribuya de alguna manera a hacer de este mundo un lugar mejor.

Creo que debería ser la misión de todos.

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